¿Qué se juega la izquierda latinoamericana en Venezuela?

¿Qué se juega la izquierda latinoamericana en Venezuela?
Héctor Ghiretti

Polarización
Venezuela se desliza hacia una confrontación más abierta y violenta. Es todavía exagerado decir que se encuentra en un estado de guerra civil. Conforme la situación empeora, el gobierno intensifica su respuesta represiva y la oposición se radicaliza, apelando con más frecuencia a acciones violentas. En tanto el conflicto interno se acentúa, promueve alineaciones más allá de sus fronteras.
Desde su inicio, el régimen fundado por Hugo Chávez fue objeto de atención y de análisis de parte de la izquierda latinoamericana. Unos lo veían con franca simpatía. Otros con cautela. Muchos, con el proceso de radicalización del régimen, terminaron adhiriendo al socialismo para el siglo XXI. Muchos otros se fueron decepcionando con la deriva del chavismo.
Las noticias desde Venezuela hacen que en todo el continente se vayan polarizando las posiciones. En los últimos meses, muchos intelectuales de izquierda se han pronunciado categóricamente en contra del régimen, después de un silencio más o menos prolongado e incómodo.
Los sectores críticos se centran en la grave situación por la que pasa el grueso de la población venezolana, afectada por el desabastecimiento de insumos básicos en materia de alimentos y medicinas, la recesión y la inflación desbocada, el estancamiento económico, la inseguridad creciente y la emigración forzada. También señalan la concentración del poder en manos del poder ejecutivo, la degradación del equilibrio institucional, el progresivo deterioro en materia de garantías individuales, la censura a los medios de comunicación y el aislamiento internacional del país.

Las izquierdas democráticas
Las declaraciones del sociólogo venezolano Edgardo Lander han dejado expuesta la fractura que existe en el campo de la izquierda latinoamericana: la implacable crítica de la matriz económica rentista, el sistema político cada vez menos democrático y la desintegración social resultante no ha dejado dudas en torno a su posición respecto del régimen. Lander explica que no se trata de una desviación a partir de Maduro: la crisis actual remite íntegramente al sistema que Chávez concibió.
Más recientemente, el periódico argentino Página12, cuya línea editorial simpatiza con el régimen de Maduro, publicó un dossier sobre Venezuela en la que esta tensión interna de las izquierdas aparecía de forma explícita.
El silencio de las izquierdas moderadas se había interpretado hasta hoy como la manifestación de un apoyo crítico. Ya no es posible pensar eso. Puede decirse que el non plus ultra de los sectores de izquierda críticos con el régimen de Maduro ha sido precisamente la pérdida definitiva de todo rastro de democraticidad real.
El actual gobierno venezolano ha llevado la ficción democrático-liberal (división de poderes, elecciones libres, periodicidad de los cargos) a un nivel mucho más sofisticado que los sistemas políticos del socialismo real. Puede permitirse la liberalidad de reconocer que pierde elecciones sin menoscabo alguno de su poder. Se trata de una democracia de fachada, meramente formal, que produce no pocas confusiones, como ha podido verse en el cándido discurso del líder de la izquierda francesa, Jean-Luc Mélenchon en junio de 2017 en el Parlamento Europeo, o las declaraciones del político y sociólogo Gerardo Fernández Noroña a la televisión venezolana a fines de julio.

Encapsulamiento
Estos pronunciamientos públicos han sido recibidos con particular animosidad por los sectores de la izquierda que simpatizan con el régimen, cuando no poseen alguna vinculación institucional o académica con el mismo. El chavismo se ha mostrado muy activo en la formación de una red de apoyos militantes e intelectuales en toda la región.
No toda izquierda posee un compromiso sustancial con las instituciones democrático-liberales y el sistema de garantías individuales. Hay variantes que adhieren a la democracia liberal de forma instrumental. Les es funcional para fines de organización, agitación y propaganda. Cuando estas izquierdas alcanzan el gobierno, la democracia liberal se convierte en un obstáculo para obtener la suma del poder necesaria para introducir reformas profundas en materia económica, social o cultural.
Para esta izquierda, la democracia liberal es básicamente un régimen político al servicio de la burguesía y la sociedad de clases. Eso se sabe desde siempre: por eso no se entiende muy bien cuando la opinión pública se escandaliza porque algunas izquierdas no condenan las derivas autoritarias del chavismo.
Estos desprendimientos afectan profundamente a la izquierda más dura, más radicalizada: el posicionamiento crítico de los sectores moderados le hace perder presencia y ascendiente a la causa del chavismo/madurismo en los medios de comunicación y la opinión pública, en los que usualmente predominan valores izquierda asociados a posiciones liberales y democráticas.
Perder el silencio de estos sectores antes cautelosos o vacilantes implica para los militantes del chavismo deslizarse a una progresiva marginación, a un encapsulamiento del socialismo bolivariano, con la consiguiente formación de un bloque crítico opositor en la opinión pública en el que empiezan a coexistir diversas líneas ideológicas, de derecha a izquierda, unificadas bajo el principio democrático-liberal.
Para decirlo en términos gramscianos el sentido común de la izquierda habría sido desplazado por un sentido común democrático-liberal que vincula sectores de izquierda y derecha, precipitando un nuevo alineamiento, otro eje de conflicto que arrincona a los chavistas/maduristas y sus simpatizantes.

La larga sombra del imperio
El argumento para impugnar a las izquierdas críticas es básicamente que no entienden o no quieren ver que la crisis se debe a una intervención extranjera. Esta intervención estaría produciéndose según la modalidad del golpe blando, es decir, por carriles institucionales no cruentos, a través de una estrategia sistemática de desestabilización. La potencia extranjera es, naturalmente, Estados Unidos, que buscan asegurar intereses en Venezuela con un futuro gobierno de signo ideológico afín.
Este argumento resulta particularmente adecuado en el contexto de polarización que genera el régimen de Maduro. En primer lugar, sitúa al conflicto venezolano más allá de sus fronteras nacionales, en una confrontación de bloques de poder, una lucha por la emancipación de los pueblos contra el yugo imperialista.
Por otro lado, apela directamente a la sensibilidad nacional-identitaria latinoamericana, usualmente inclinada al irredentismo y la victimización. Prioriza planteamientos nacionalistas sobre los de orden clasista o ideológico, cuya acogida es mucho más limitada en la opinión pública actual.
En tercer lugar tal dimensión del conflicto sirve para explicar cualquier calamidad causada a la población como efecto de un conflicto que desborda las fronteras, lo que exime de analizar las responsabilidades del gobierno venezolano. Desabastecimiento, desnutrición, violencia, detenciones ilegales, inseguridad, persecuciones, represión, asesinatos, inflación: todo es consecuencia de una puja que trasciende las fronteras y que pone de un lado a patriotas y revolucionarios y del otro a involuntarias marionetas de poderes remotos.
Las teorías conspiracionistas son particularmente adecuadas si lo que se quiere evitar es una perspectiva autocrítica, en la que los fracasos se entienden como propios. Con unos pocos indicios (puesto que es propio de las conspiraciones actuar en la sombra) es posible montar toda una teoría explicativa que desplaza las causas de la crisis más allá de la esfera de las propias responsabilidades. Si alguna vez existieron planteos críticos hacia el régimen, han sido o deben ser totalmente suspendidos en beneficio de la hipótesis del ataque externo. Prácticamente todos los sostenedores de la causa del chavismo en otros países han unificado el discurso en torno a esta idea, la cual adquiere inflexiones peculiares en algunos connotados intelectuales que reflejan las angustias estratégicas que acosan a la izquierda radicalizada en la región.

El profeta armado
Atilio Borón es bien conocido tanto en su país (Argentina), como en el resto de América Latina. Académico de filiación marxista, ha hecho público su apoyo a los regímenes de Cuba y Venezuela, con los cuales tiene antiguas y estrechas relaciones, además de ser intelectual orgánico del Partido Comunista, integrante de la coalición de fuerzas políticas que apoyó al gobierno de Cristina Kirchner. Borón representa un caso interesante de máxima articulación de los tópicos con los que se defiende la causa del chavismo/madurismo. Desde su página web y también desde diversos portales afines ha exigido que se diga toda la verdad sobre Venezuela. Según su análisis,  la izquierda crítica ignora deliberadamente la intervención norteamericana. La discusión sobre la situación interna del país, por el contrario, tendría un efecto de ocultamiento de la contradicción principal, el eje central del conflicto. El intelectual argentino insiste en que la desestabilización es una fase preparatoria para la intervención directa de las tropas norteamericanas en Venezuela. En las condiciones actuales de conflictividad, Borón ha demandado la aplicación de la máxima potencia represiva del Estado contra la oposición y las protestas. En un texto reciente exige aplastar sin miramientos la contrarrevolución.

Toda la verdad
En la guerra, se suele decir, la primera víctima es la verdad. En Venezuela se ha ido derivando a un tipo de comunicación de guerra. Desinformación, intoxicación, propaganda: resulta muy difícil saber qué está pasando, tener una perspectiva equilibrada, puesto que la comunicación ha devenido un arma más. En esta deriva hay responsables primarios y secundarios: el responsable primario por la comunicación es siempre quien ejerce el poder. Forzada a una comunicación confrontativa, la oposición termina emitiendo mensajes en esa misma lógica.
Borón descalifica a los críticos al afirmar que replican los argumentos de la oposición. Esto tiene idéntico valor que decir que su apoyo al régimen es inválido porque replica los argumentos del gobierno. Por esa razón es inaceptable que se arrogue la posesión de las verdades últimas sobre Venezuela. Borón da por supuesto el interés de Estados Unidos en derrocar al gobierno de Maduro. Recurre al triste historial del intervencionismo directo o indirecto de Estados Unidos en la región -Guatemala, Chile, Nicaragua, Panamá, entre otros- y prolonga esa línea de acción hasta la Venezuela de hoy. Esto último es sostenido sin dar un solo argumento de peso. Más allá de algunos pedidos aislados de intervención norteamericana en Venezuela por parte de la oposición a Maduro, el modo impromptu de comunicación personal del presidente Trump o la aplicación recientes de sanciones económicas a funcionarios de Maduro -esencialmente inocuas- no existen razones para pensar en que Estados Unidos quieran implicarse en el derrocamiento del régimen.
La izquierda latinoamericana parece no resignarse a la pérdida de peso específico de la región en el contexto de la política exterior norteamericana. Las últimas administraciones han evitado inmiscuirse en los asuntos internos de los países del continente: suponen demasiado costo y escasos beneficios.
Por razones estratégicas, Estados Unidos han centrado su actividad en los países de la región que consideran fundamentales para sus intereses. La amenaza de una acción directa es un burdo espantapájaros, si se considera que Estados Unidos continúan aplicado los criterios con los que vienen manejándose en las últimas décadas. En un estudio reciente sobre las transiciones políticas e ideológicas en el Caribe, Anthony Maingot explica que Estados Unidos se vienen replegando militarmente de la región de forma continua desde principios de los años noventa.

La trama oculta
Las multinacionales extraían, comercializaban y procesaban sin problemas el petróleo venezolano para abastecer el mercado norteamericano. Recientemente muchas de ellas han ido limitando sus operaciones por las condiciones en las que se encuentra el país.
Actualmente su lugar está siendo sustituido por la compañía rusa Rosneft. Venezuela ha acordado pagar los créditos otorgados por Rusia con contratos petroleros tanto en materia de extracción y procesamiento como de comercialización, llegando a comprometer importantes proyectos futuros. Las necesidades de financiamiento del régimen le están dando un importante margen de intervención en sus asuntos internos al socio ruso.
Para su refinación, el crudo venezolano requiere instalaciones especializadas, que se encuentran en Estados Unidos. En mayo de este año, el Wall Street Journal informó sobre una operación de compra de bonos de la petrolera estatal PDVSA por parte de Goldman Sachs a precio de descuento.
La dependencia norteamericana del petróleo venezolano se ha reducido a menos de la mitad en los últimos años. La explotación de yacimientos no convencionales y la exploración de nuevas zonas petrolíferas en su territorio han acercado a Estados Unidos al autoabastecimiento. El crudo venezolano, por sus características propias, genera costos muy altos para su procesamiento.
En la actualidad poco más del 8 por ciento del petróleo que consume Estados Unidos es venezolano, mientras que Venezuela destina aproximadamente el 20 por ciento de su producción al mercado norteamericano. Es Venezuela la que necesita imperiosamente del mercado norteamericano, no solamente en razón de las divisas que obtiene por sus exportaciones sino porque allí adquiere los productos refinados. A causa de la falta de inversiones, Venezuela, país exportador, no solamente es incapaz de autoabastecerse de sus derivados sino que su producción viene en franca disminución.
PDVSA opera en Estados Unidos a través de su filial Citgo, que posee una refinería y una red de tres mil estaciones de servicio. Estos datos muestran el verdadero poder de Estados Unidos en caso de que estuvieran interesados en desestabilizar a Maduro. Una simple acción contra una compañía que opera en su propio territorio llevaría al gobierno venezolano al colapso. Esta es la razón del suculento aporte de Citgo al acto de asunción de Trump, ubicado entre los 20 más importantes.

La otra injerencia
Todos estos aspectos de una compleja relación bilateral son ignorados en beneficio del atractivo y motivador discurso antiimperialista. Las “verdades” de Borón ocultan los datos duros de la relación económica entre Estados Unidos y Venezuela. Hay otros argumentos que podrían agregarse a la falta de disposición del Departamento de Estado norteamericano en intervenir directa o indirectamente en la crisis venezolana. Si -como sostiene, no sin fundamentos, el pensamiento antiimperialista- se supone que históricamente Estados Unidos han bloqueado los intentos de integración continental, Chávez antes y Maduro ahora han servido admirablemente como obstáculo a esa empresa.
Otra razón que podría explicar la falta de interés por parte de Estados Unidos de intervenir es que actualmente este país tiene los medios suficientes como para doblar la voluntad no solo del gobierno venezolano, sino también del cubano, el aliado estratégico de Maduro que en la actualidad controla áreas claves de la inteligencia, seguridad y defensa del Estado venezolano.
Estados Unidos podrían operar directamente sobre las causas del problema y no sobre sus consecuencias o derivaciones. Naturalmente, Borón tampoco habla de la injerencia cubana en la crisis venezolana.

La hora de las armas
Más sombrío todavía resulta el llamado de Borón a aplastar con las armas las protestas contra el régimen. Algo que no habla precisamente bien de su responsabilidad como intelectual, en la seguridad de su casa o su estudio, a miles de kilómetros de las calles de Caracas y otras ciudades sitiadas. Él pone las palabras: otros pondrán el cuerpo, la sangre. El imperativo de Borón supone el fracaso de las ideas, la conculcación de la reflexión, del diálogo, de la persuasión. Es hora de que hablen las armas. ¿Por qué un hombre de pensamiento debería exponer de un modo tan liviano y despreocupado lo que constituye su propia derrota?, ¿no debería guardar silencio ante lo ominoso?
Resulta razonable preguntarse qué objeto puede tener esta entusiasta apelación a la violencia. Es evidente que el gobierno de Maduro no ha esperado las orientaciones de Borón para considerar tal posibilidad. Quizá sus seguidores necesitan una legitimación intelectual para apoyar la represión en curso: confirmar a los fieles. Pero tampoco parece que les haga falta. Posteriormente Borón ha matizado sus afirmaciones en torno a la represión violenta precisando que sólo se refería a los disidentes que llevaban a cabo actividades terroristas, no a la oposición pacífica. Agrega que se halla gravemente preocupado por la solución pacífica del conflicto. Lo cual no parece demasiado creíble en quien piensa que la violencia es la partera (necesaria) de la historia: aunque una cosa es fundar en aquella una teoría del cambio social y otra muy diferente pedir a gritos no escatimar el precio en vidas humanas.

El profeta que hablaba en voz baja 
Hay quienes compartiendo lo esencial del análisis de Borón no se atreven a llegar tan lejos, aunque muestran interesantes aspectos de la discusión en el campo de la izquierda. Es el caso de Enrique Dussel, quizá el mayor exponente contemporáneo de la filosofía de la liberación latinoamericana.
En un breve video difundido a principios de junio, Dussel se dirige a los intelectuales de izquierda que han fijado públicamente posiciones críticas respecto del gobierno de Venezuela. Explica que en el contexto actual, en el que el gobierno venezolano se ve sometido a una campaña de desestabilización y desprestigio orquestada por el imperio, formular críticas públicas a un “gobierno joven, que está aprendiendo” y que “como todos nuestros grandes gobiernos” comete errores (Fernández Noroña también ha reivindicado el derecho del pueblo venezolano a equivocarse), equivale a hacerse responsables por un posible reemplazo de Maduro por un gobierno de derecha, al estilo del gobierno de Macri o de Temer, que sería funesto para Venezuela.
Dussel solicita una mayor distancia de juicio, un mayor respeto de los intelectuales críticos de izquierda hacia el gobierno de Maduro. No se atreve a demandar un apoyo abierto a la “revolución” en curso, como es el caso de Borón (a quien menciona explícitamente), sino una posición cautelosa que evite cooperar con la causa del enemigo. Para Dussel, resulta necesario superar las “divisiones artificiales de la izquierda”.
Lo más interesante de las afirmaciones de Dussel es todo lo que ocultan. Es evidente que su posición es favorable al gobierno venezolano, pero no se atreve a pedir abiertamente el apoyo de los intelectuales críticos. Sostiene la hipótesis de la intervención norteamericana pero no la lleva a las últimas consecuencias: si la agresión imperialista constituye la contradicción principal, entonces no cabe otra alternativa que tomar partido por el socialismo bolivariano del siglo XXI.
¿A qué se debe esta posición, que parece algo timorata?, ¿son sus propias vacilaciones al respecto?, ¿o se trata de un posicionamiento deliberadamente moderado, un punto medio para obtener la buena voluntad de los críticos?
Si es así, la jugada podría ser algo contraproducente, puesto que el filósofo está tratando a los críticos de ignorantes y precipitados, engañados por la mediocracia y las ideologías liberales de la democracia, que no entienden la verdadera ecuación de fuerzas en Venezuela. El desprecio intelectual por los críticos podría resumirse en un “si no saben, cállense”.

De la ilusión al desengaño
Tanto Borón como Dussel son hombres mayores que en virtud de sus ideas han experimentado a lo largo de su vida no pocas esperanzas, pero quizá muchas más decepciones. Quizá sus razones para apoyar el gobierno de Maduro no sean sino el grito desesperado de quienes en el ocaso de la vida y la inteligencia ven cómo se desmorona aquello en lo que depositaron sus últimas esperanzas revolucionarias.
Pero también es necesario comprender este patetismo en un contexto muy particular. Después de que una oleada de gran magnitud erigiera en muchos países del continente gobiernos de izquierda o “izquierdizantes” (el matiz es importante), las élites intelectuales afines vieron alumbrar una nueva aurora de los pueblos, algo que parecía imposible después del largo invierno neoliberal de los ochenta y los noventa.
La sucesión de derrumbes de esos gobiernos que se produce hoy en toda la región encuentra a una izquierda reticente a revisar críticamente los propios errores, los fracasos que la han llevado a la derrota y la retracción.
La ola rosa, tal como la denominara el politólogo uruguayo Francisco Panizza tuvo sus orígenes en una excepcional combinación de factores: una espectacular expansión económica de la región, en su carácter de proveedora de los commodities demandados por el crecimiento chino; una profunda crisis social y un fuerte descontento hacia las fuerzas políticas tradicionales desembocó en la llegada al poder de nuevas fuerzas que implementaron políticas de carácter distributivo, estatista y populista.
Para los intelectuales y las organizaciones de izquierda, el novedoso esquema de poder presagiaba una evolución pacífica y democrática de cada país, cada uno a su ritmo y según sus propias particularidades, hacia al socialismo, reemprendiendo el camino frustrado de la experiencia chilena de la Unidad Popular.
Nunca el futuro estuvo tan cerca, nunca la desilusión fue más grande. El fin de la ola rosa aconteció cuando esas excepcionales condiciones económicas globales se deterioraron (sobre todo a partir del crack de 2008) y los gobiernos se mostraron impotentes para evitar o atenuar los efectos de la crisis.
La salida del poder de la izquierda populista se dio de diversas formas: por vía electoral, como Argentina y Perú, por mecanismos institucionales que permitían la remoción del Ejecutivo, como Brasil, por métodos de legitimidad altamente cuestionable, como Paraguay, o por una inesperada mutación ideológica del gobierno, como es el caso reciente de Ecuador. La situación económica y social de cada país muestra una disparidad similar.

Necesidad de la épica
La complejidad específica de cada uno de los procesos políticos mencionados ha sido sistemáticamente ignorada por la izquierda militante e intelectual, que ha preferido ver en su derrota una acción coordinada de las derechas locales y transnacionales, los grandes intereses económicos y la política exterior norteamericana.
Los des-manejos propios de la izquierda populista, su incapacidad política y económica son así transformados en heroicas derrotas contra un enemigo poderoso, una hidra de mil cabezas en constante regeneración. En este mismo sentido los resonantes casos de corrupción estructural que se han ventilado últimamente no responden sino una campaña de desprestigio montada por ese enemigo formidable.
La hipótesis de la intervención militar directa en Venezuela, que sostiene Borón, adquiere entonces pleno sentido. Si las otras piezas del dominó de la izquierda populista han caído gracias a técnicas indirectas de comunicación, desinformación, desestabilización o “golpe blando”, el gobierno que supuestamente más ha avanzado en las reformas políticas, económicas y sociales sólo caerá si los Estados Unidos envían elementos de la Cuarta Flota a hacerlo por la fuerza.
Privada la izquierda de una épica de victoria, sólo le queda esperar una épica en la derrota. Hasta el momento la tesis de la intervención norteamericana en los procesos políticos recientes de los países de la región es una explicación más, sin mucho fundamento.
Una operación militar norteamericana contra Venezuela “salvaría” la memoria histórica y la posible continuidad, después de un revés temporal,  de un proceso continental que se va apagando con pena y sin gloria. Quizá sea demasiado afirmar que los intelectuales de izquierda desean un desenlace violento con los Marines desembarcando en La Guaira. Pero es evidente que un epílogo de esas características daría confirmación formal a sus tesis, independientemente de la complejidad de cada proceso político nacional. Si no lo desean, sí que lo necesitan. Por esa razón una muy improbable aunque no imposible (dadas las bravatas y el peculiar modo de toma de decisiones del presidente Trump) intervención militar norteamericana obraría como directo revitalizador de un sector ideológico que se ha caracterizado por una peligrosa incapacidad para conducir procesos políticos, económicos y sociales en el contexto de la compleja realidad latinoamericana.

El último bastión
Hay otra razón más profunda para que la izquierda radical crea que se juega a todo o nada en Venezuela. Tradicionalmente, la viabilidad del experimento revolucionario cubano demandó un socio estratégico que sostuviera económicamente a la isla. Primero fue la Unión Soviética, después vino el periodo especial. A fines de los años noventa, Venezuela se convirtió en el apoyo fundamental para que Cuba sostuviera su socialismo caribeño.
Después de la muerte de Hugo Chávez y con el progresivo deterioro del régimen de Maduro, la élite dirigente cubana vio en la nueva era de relaciones con Estados Unidos la posibilidad de suplantar al socio venezolano. Las negociaciones y la firma de acuerdos entre los presidentes Obama y Castro parecieron asegurar el futuro del régimen. Este horizonte parece estar hoy en riesgo con la administración Trump.
Oficialmente los acuerdos bilaterales firmados no han sido rotos ni denunciados, pero desde Cuba se advierte un progresivo endurecimiento de las relaciones. Eso hace que Cuba vuelva a mirar con interés a Venezuela. Un escenario de colapso del gobierno de Maduro situaría a Cuba en un contexto de aislamiento que puede poner en riesgo la continuidad del régimen.
Esto obligaría a Cuba a una transición mucho más profunda y radical que la que está experimentando hoy. El fin del socialismo cubano cerraría un extenso capítulo en la historia de la izquierda latinoamericana, una era en la que la isla se transformó en el símbolo vivo de la esperanza revolucionaria.
Cuando caiga Cuba empezará otra historia para las fuerzas radicales de izquierda de toda la región: más precaria, con menos expectativas y certezas, en un mundo que ha devenido definitivamente extraño a sus ideales. ¿Cuándo volverá la primavera?

Texto publicado en: METAPOLÍTICA, AÑO 21, NÚM. 99, OCTUBRE-DICIEMBRE DE 2017.

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