Sobre Julio Scherer García y su libro clásico "Los presidentes", por Xavier Rodríguez Ledesma



JULIO SCHERER GARCÍA: UNA VOZ EN EL SILENCIO A TRAVÉS DE LOS PRESIDENTES
Xavier Rodríguez Ledesma

Sólo a partir de la corrupción podía entenderse el periodismo acrítico acostumbrado en México. Eran muchos los crímenes contra la nación y eran pocos los que se atrevían a descorrer el velo que cubría a nuestros presidentes. Protegidos por la adulación y los intereses, no debía la opinión pública cuestionar los actos de gobierno.
Julio Scherer García

Observador, crítico, cronista, relator, periodista de vena, Julio Scherer García es también parte de la historia política y cultural del México contemporáneo. Durante los ocho años en que fue director general de Excélsior, logró encumbrar al diario a los primeros planos del periodismo internacional convirtiéndolo en una de las fuentes informativas más prestigiadas a nivel mundial. Terminada abruptamente su gestión, los afanes críticos y el anhelo de libertad dentro de una atmósfera cerrada, enviciada, autoritaria, encarnaron en el surgimiento del semanario Proceso, desde cuyas páginas el poder seguiría viéndose retratado en su mísero accionar, evidenciado en sus excesos, denunciado en su intolerancia.
Scherer la referencia, el periodista incómodo, la excepción que confirma al coro informativo unánime, la piedra en el zapato de marca lustrado y listo para pisar o patear, la molesta pluma, el promotor del ejercicio de la libertad en un medio (los medios) por décadas ciego y mudo, el informador que alza la voz cuando el silencio es casi absoluto. Hacer lo que él empezó a hacer en un país caracterizado por un sistema político posrevolucionario de partido único donde la voluntad presidencial campeaba a plenitud, era luchar día a día por ejercer la libertad de crítica a contra corriente, no como hoy bajo el aura de una incipiente democracia que paulatinamente se ha logrado expandir. La labor de Scherer García en los lustros abarcados por su libro era un constante enfrentamiento por abrir el horizonte de la participación política, de la crítica, del disenso intelectual y político a pesar de los esfuerzos, inercias y consignas del poder por construir y mantener una sociedad cerrada, absolutamente unánime y postrada frente a la voluntad del poder y sus máximos encarnadores: los presidentes.
Es cierto, el tema de la democracia se explica de ida y vuelta. Gracias a la crítica, a la aceptación de la responsabilidad de empezar a participar aun bajo la inercia impuesta por el autoritarismo, éste, no sin resistencias, cedió espacios empezando a generarse así las incipientes transformaciones que hemos vivido en las últimas décadas. La democracia se logra, se lucha, se gana, se construye cotidianamente, los movimientos sociales la consolidan, abren el horizonte. No se otorga graciosamente, se arranca. La crítica, el ejercicio de su libertad, es uno de los factores nodales para erosionar a los poderes establecidos.
En Los presidentes, editado por Grijalbo en 1986, Julio Scherer entregó un valiosísimo testimonio del significado y las consecuencias que tenía luchar por ejercer un periodismo libre dentro de un sistema político antidemocrático, caracterizado principalmente por un fiero presidencialismo que impedía cualquier posible atisbo de crítica o desobediencia. A casi treinta años de distancia de haber visto la luz, el libro es material fundamental para entender nuestra contemporaneidad, para recordar lo que aparenta estar demasiado lejano, para revivir y tener presente el histórico accionar de un viejo conocido que por azares del destino ha tenido que mudar su imagen, modernizar sus ropajes, pero que en esencia, en sus tricolores genes, está signado por el autoritarismo, la corrupción, el verticalismo y la represión. Si, como le explicaron al autor algunos funcionarios de altísimos vuelos, la política es el arte de comer sapos y de lavarse las manos en agua sucia, tan sucia como la mierda, Los presidentes narra las memorias de un periodista que en la diaria lucha por ser consecuente con sus ideales profesionales debió vivir de cerca e incluso ser protagonista de diversas disputas con el poder, por lo cual en ocasiones debió ingerir repelentes batracios y enjuagarse las manos en esas contaminadas aguas.
  Durante los cuatro sexenios abarcados en el libro, Scherer enfrentó la resistencia, la molestia y la ira de los respectivos primeros magistrados. A lo largo de las 259 páginas el lector atestigua el largo enfrentamiento entre los intentos de sometimiento venidos desde el Estado y el titánico esfuerzo diario de resistir tales afanes en aras de ejercer la libertad de informar. Aparecen ahí retratos crudos de sujetos que en su momento fueron incuestionables: Gustavo Díaz Ordaz la represión sin máscara, Luis Echeverría la infamia y la falsedad, José López Portillo la frivolidad e irresponsabilidad desbocadas, Miguel De la Madrid la grisácea mediocridad tecnocrática. Todos desfilan junto con muchos de sus cortesanos ante la pluma que quisieron someter, el resultado es descarnado. Las historias, las anécdotas registradas en el libro constituyen un crudo archivo de las prácticas, del ejercicio de la real politik posrevolucionaria a la mexicana y, por ende, del significado y valor que la democracia (no) tenía para los regímenes priístas.
  Scherer asumió la dirección de Excélsior a finales de agosto de 1968, en la recta final del movimiento estudiantil. Durante un mes publicó notas informando tenuamente de los acontecimientos; también en sus páginas aparecieron algunos desplegados de apoyo a los jóvenes que habían tomado la calle y osaban cuestionar las prácticas autoritarias del gobierno diazordacista. Al fragor de los hechos —él mismo reconoce— lo venció el temor a la libertad y censuró artículos y créditos fotográficos sobre la masacre de Tlatelolco. Sin embargo, acostumbrado al apoyo unánime, al silencio cómplice, a la inexistencia del disenso, el sistema político mexicano actuó en consecuencia: “[…] aumentaban también el número de telefonemas a mi oficina que recomendaban prudencia. En nuestro oficio sabemos que no hay manera de resistir un suceso. […] Fueron jornadas de prueba, el principio de una larga batalla entre el sometimiento y la libertad” (Scherer García, 1986: 21, 23.) Sin tapujos, por diversos medios (“[…] multiplicados sus disfraces, aparecía el poder por todos lados” [Scherer García, 1986: 29]) se le hizo saber que el presidente consideraba una traición haber informado aun de la manera en que lo había hecho de lo sucedido esa tarde infausta en la Plaza de las Tres Culturas.
Ya en 1969, después de mucho insistir, Scherer finalmente consiguió una entrevista con Díaz Ordaz quien para terminar la fallida conversación le espetó: “Sólo una pregunta: ¿continuará en su actitud que tanto lesiona a México? ¿Continuará en su línea de traición a las instituciones, al país?” (Scherer García, 1986: 27).
Se exigía la unanimidad a favor de las decisiones presidenciales, cualquier atisbo por mínimo que fuera de salirse de la línea informativa oficial era leída como una afrenta personal al presidente, ese encarnador único y absoluto de los ideales y las aspiraciones de la patria. Si el presidente era el país y sus instituciones, al cuestionarlo se traicionaba a todos los integrantes de la misma, se hería a la nación. La cosa pública devenía privada cuando se trataba de los intereses y la voluntad del presidente. Sexenios después Miguel de la Madrid lo verbalizaría puntualmente al declarar que él era “el único responsable de los destinos de la patria”. No uno más, ni siquiera un líder, no, él era “el único” responsable. Para el presidencialismo la sociedad civil es inexistente, la democracia es una entelequia, una simple teoría libresca que sirve para adornar discursos. La responsabilidad sobre los destinos de la patria es sólo del presidente, su poder entonces, debe ser absoluto e incuestionable.
   Autoritario en esencia, el sistema político posrevolucionario debía esgrimir un discurso acorde a los principios elementales de la democracia. La demagogia campeaba, se institucionalizaba. Luis Echeverría fue sensible a las exigencias de una sociedad que anhelaba abrir mínimos espacios para la participación política y, a diferencia de su predecesor, quiso envolverse en un manto de verbo tolerante. El amigo del pueblo y de líderes revolucionarios del Tercer mundo pretendió trascender a nivel mundial. Maquiavélico intolerante urdió estrategias para acallar a Excelsior, al mismo tiempo que declaraba su compromiso de vida con la libertad de expresión. Primero aleccionó y dio su visto bueno al sector empresarial del país —esa clase con piel hipersensible a la crítica sobre sus accionares económicos y políticos— para que usara su poder financiero a fin de ahogar con el retiro de su publicidad las finanzas del diario incómodo. Después, apareciendo como el gran salvador de esa voz discordante al ofrecer su apoyo para suplir los comerciales de la iniciativa privada con el pago de propaganda gubernamental. Scherer vio la trampa y la evidenció frente al presidente, no permitiría que ahora que el gobierno financiaba todos los espacios publicitarios aparecidos en el diario se creyera que tendría las manos libres para participar en la línea editorial. Echeverría le contestó: “Por supuesto Julio, por supuesto, en este proyecto no existe más afán que garantizar la libertad de expresión al mejor periódico del país” (Scherer García, 1986: 131).
Excelsior continuó su labor informativa sin cambiar el estilo de su ejercicio. Evidenciada la magistral maniobra con la cual había sido manipulado y utilizado, el sector empresarial quien también vivía un profundo desencuentro con el gobierno de Echeverría, a regañadientes regresó su publicidad a las páginas del cuestionado periódico. Semanas después, la embestida gubernamental para terminar con la dirección de Scherer dio inicio. El libro abunda en detalles sobre la infamia de los sujetos y el uso a modo de las leyes por parte del poder. También aporta datos y documentos fundamentales para reconstruir la historia del acontecimiento. Aparece aquí, por ejemplo, la reproducción del desplegado de apoyo a la dirección de diario, firmado por notables personalidades del mundo intelectual y cultural, que fue suprimido por órdenes de los golpistas en la edición del 8 de julio de 1976.
El tema es conocido. Expulsados de Excelsior, el grupo de periodistas encabezado por Scherer se dio a la tarea de fundar el semanario Proceso. En Los presidentes se narran algunas de las vicisitudes que el nacimiento de la nueva revista vivió en su afán de salir a la luz antes de que terminara el sexenio de Echeverría quien aspiraba a convertirse en mandamás de la Organización de las Naciones Unidas. Destaco tan solo una anécdota. A las pocas horas de haber recibido una invitación para ir a Washington a comentar con algunos periodistas estadounidenses lo sucedido en Excelsior, el exdirector fue llamado a Los Pinos para exigirle que no acudiera a la reunión, pues si se presentaba estaría haciéndole el juego a los intereses imperiales que se afanaban por atacar al país. Nadie más que Scherer sabía de la invitación, sin embargo los servicios de inteligencia gubernamentales habían puesto sobre aviso al mismísimo presidente.
A pesar de los esfuerzos del poder por impedirlo, Proceso comenzó a circular el 6 de noviembre de 1976. Desde sus inicios habría de enfrentar también las resistencias venidas desde los círculos del poder. Como en un trágico deja vú, poco tiempo después se repetiría la conocida estrategia de extorsión financiera estatal en un vano intento por acallar esa nueva voz crítica. Convencidos de que la razón estaba de su parte los políticos del régimen no se arredraban en señalar claramente las reglas del juego cuya aceptación pretendían hacer unánime. Jesús Reyes Heroles, flamante Secretario de Gobernación del gobierno de López Portillo que había tomado posesión el 1 de diciembre de ese mismo año, lo explicó claramente:

     Argumentaba que Proceso no podía manejarse como le viniera en gana, más allá de las reglas del sistema. De persistir en su actitud radical contra el gobierno, pronto se extinguiría la llamarada de sus primeros números. Mostraba con naturalidad los recursos visibles para mantener a los medios impresos en el círculo del poder: los discursos pagados al gusto del editor, las gacetillas disfrazadas como información, la publicidad, los préstamos blandos en la Nacional Financiera y toda una inacabable variedad de trabajos de impresión (Scherer García, 1986: 141).

Junto con la caída estrepitosa de los sueños de crecimiento económico basados en el petróleo, la irascibilidad del gobierno de José López Portillo frente a la crítica se acendró. Lo que a principios del sexenio era sin mucho entusiasmo tolerado, hacia mediados empezó a ser perseguido y censurado. Las revistas Proceso, Impacto y Crítica política recibieron de frente la embestida presidencial.
Tomando como base la convicción de que el gobierno sólo podía otorgar el beneficio de la compra de páginas de propaganda a aquellos medios donde no fuera criticado, esas publicaciones se quedaron súbitamente sin el ingreso proveniente de la inserción de publicidad oficial. La reflexión en el sentido de que los dineros con los que el gobierno paga a los medios no le pertenece a sus funcionarios, sino que es el producto del pago de impuestos de toda la  sociedad y, por lo tanto, deben ser utilizados para también financiar las diversas expresiones críticas existentes, estaba completamente alejada del sentir de un gobierno autoritario que concebía a la crítica tan sólo como una expresión  igualada al elogio absoluto. López Portillo sin tapujo alguno escribió primero en sus memorias y sostuvo después, en plena comida anual de conmemoración del Día de la libertad de prensa, la teoría sobre el trato a los medios de comunicación como si fueran (usando su propio eufemismo) “mujeres malas”. El presidente que años después contraería nupcias con una de las más famosas actrices de películas de cabarets que abundaron en su sexenio, asentó en sus notas diarias  publicadas en 1988:

Resolví con Galindo Ochoa (Director de Comunicación Social de la Presidencia) quitarles la publicidad a las revistas que por sistema desprestigian al régimen, como Proceso, Impacto y Crítica política. Curiosamente ahora invocan la libertad de expresión que conservan sin reserva, pues se pueden quejar hasta de eso, del retiro de la publicidad. Empiezan a argumentar que el Estado tiene la obligación de pagarle a la Prensa hasta, como a las mujeres malas y masoquistas, para que le peguen. Divertidísimo el argumento. Nada más me imagino la generalización.
Todo el que quiera vivir del cuento de la edición, obliga, por su decisión, a que el Estado le garantice ingresos para poder decir lo que quiera y hacer de la oposición política, negocio editorial. Ello sin considerar el turbio maridaje de la Prensa extranjera, si no es que con sus agencias de inteligencia, como ocurre allá.
Mantienen su libertad. Pero que los interesados que los lean, paguen su interés y no los subsidie el gobierno (López Portillo, 1987: 1208-1209).

Un régimen autoritario obviamente no ve con buenos ojos a la crítica. Al asumirse como los detentadores únicos del poder del que se sirven, los gobernantes de esos sistemas tratan de impedir de cualquier manera el ejercicio de la crítica o, mejor dicho, del ejercicio de la crítica contraria a sus afanes. “No pago (con el dinero de todos, de la sociedad en general) para que me peguen, si he de pagar, si he de usar ese dinero público será exclusivamente para que me den placer, y ¿cuál más grande que el elogio absoluto?” afirman abiertamente.
El descrédito sobre la gestión de López Portillo empezó aun antes de que su periodo terminara. Sus excesos, la frivolidad que lo caracterizó, la incapacidad técnica y política, el nepotismo, la corrupción desbocada, su dramaturgia demagógica, fueron motivo y blanco del escarnio generalizado. Proceso había dado puntual seguimiento a los devenires del sexenio en el que, entre otras cosas, se le había dicho al pueblo que debía prepararse para administrar la abundancia.
Algunos de los colaboradores del presidente eran impresentables, era el caso de Arturo “El Negro” Durazo Moreno, nombrado Jefe de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal por quien había sido su amigo de infancia. En el punto culminante de su poder, Scherer lo conoció en persona y no pudo resistir hacerle sentir su desprecio. Durante una comida Durazo escuchó en voz del periodista que quería ofenderlo por todo lo que representaba, aquello de que en una situación peligrosa límite, un ciudadano elegiría caminar por la acera donde estaba el tipo con pinta de hampón en vez de hacerlo por donde estaba el policía uniformado, ya que en la primera existía alguna posibilidad de error de que el sujeto no fuera delincuente. La soez amenaza disfrazada de respuesta del jefe de la policía (“No me enojo, al contrario. Usted me gusta pa puto y me lo voy a coger un día”, Scherer García, 1986: 104) dio fe de los niveles brutales de prepotencia e impunidad en los que se manejaba el íntimo amigo del presidente, cuya historia criminal amparado en su alto cargo policiaco habría de conocerse una vez concluido el sexenio del que se sirvió.
Publicado en 1986 Los presidentes apenas alcanzó a referir lo sucedido durante la primera mitad del periodo presidencial de Miguel de la Madrid. El gris tecnócrata cuyo gobierno paralizado había visto a la sociedad civil tomar las riendas del rescate posterior al sismo del 19 de septiembre de 1985, continuó en el camino autoritario, alérgico a la crítica de los medios, que sus antecesores ya habían transitado. En plena crisis económica, comprometido hasta la ignominia con el pago de la astronómica deuda externa, el gobierno priista que habría de despedirse en 1988 con la imposición mediante un enorme fraude electoral del candidato oficial, exigía también el asentimiento generalizado de la opinión pública a sus obras y decisiones.
Desde la campaña electoral, el desencuentro entre Proceso y De la Madrid se hizo evidente. Era obvio, dado los mutuos antecedentes, no podría haber sido de otra manera. A quien promovía como bandera electoral el ataque a la corrupción le cayó como un balde de agua fría la manera en que el semanario reportó la forma en que la práctica del “chayote” campeaba entre los periodistas que cubrían las giras del candidato priista. Por cierto, debemos a Scherer el esclarecimiento de por qué uno de los actos más sabidos del anecdotario de la corrupción en nuestro país, la entrega por parte del gobierno de sobres con dinero en efectivo a los periodistas encargados de esas fuentes, fue bautizada con tan vegetariano nombre. En 1966, durante una gira de Gustavo Díaz Ordaz, uno de los colaboradores de presidencia les pidió a cada uno de los reporteros que la cubrían que se acercaran a una gran planta de chayote que estaba más o menos cerca detrás de la cual se encontraba un sujeto repartiendo los sobres correspondientes. Así de simple, directo y formal nació una de las costumbres más deleznables que caracterizan la relación entre gobierno y medios en México.
De la Madrid ofreció orden y disciplina en el ejercicio del gasto público mientras en los hechos rendía homenaje a la corrupción al ensalzar a los dirigentes del sindicato petrolero como ejemplos de líderes modelos. Siendo consecuente con su apreciación de que él era el único responsable de los destinos de la nación, al nuevo presidente las caricaturas de Naranjo en las páginas del semanario mostrando su entreguismo a las finanzas internacionales le parecieron poco menos que una afrenta a la patria. En el reclamo respectivo venido desde esas altísimas esferas del poder quedaba claro que se partía de la idea de que al presidente había que hacerle preguntas a modo, cómodas, que le permitieran desplegar su talento y conocimiento. Al presidente no se le cuestionaba, se le escuchaba. (Scherer García, 1986: 172).
Los presidentes también puede leerse en otra clave. Apasionante en la forma de reseñar algunas de las vicisitudes entre los intelectuales y el poder, aparecen ahí historias ilustrativas de la relación amor-odio entre ambas soberanías, la del poder político y la de las letras. Las dos repúblicas definen sus fronteras, deslindan sus territorios, explicitan sus responsabilidades, señalan los derechos y obligaciones de sus respectivas ciudadanías. Las dos tienen perfectamente claras cuáles son sus ámbitos de poder, por ello es que algunas de las narraciones que aparecen en el libro pueden revisarse desde el conocido apotegma de que la forma es fondo. Así, el hecho de no esperar más de lo debido, a pesar de las súplicas del cortesano en turno (el secretario de Hacienda José López Portillo), al presidente Echeverría en su retraso para llegar a una comida ofrecida por Daniel Cosío Villegas, ayudaba a delimitar los límites soberanos: “-En el país manda el presidente, pero en mi casa mando yo, licenciado –y se adelantó sin otro comentario rumbo al comedor” (Scherer García, 1986: 79).
En el mismo tenor analítico Scherer hace la reseña de la manera en que Martín Luis Guzmán utilizó su don, su genio, para exaltar la figura de Gustavo Díaz Ordaz durante la comida de festejo del Día de la libertad de prensa del 7 de junio de 1969 y, para contrastar el acto de entreguismo del autor de La sombra del caudillo, recupera las palabras de Octavio Paz acerca de la necesaria distancia entre ambos oficios, el del gobernante y el de escritor. En aquella comida en casa de Cosío, el poeta explicó:

El intelectual es libre para expresarse como le venga en gana, el político no. Calla con frecuencia en beneficio de su propio proyecto. Nada importaría más al político que la libertad plena para hacer, pero la palabra del crítico lo limita. Este es el juego fascinante y peligroso que hace del poder y la crítica dos fuerzas que se atraen y se repelen, irremisiblemente juntas y fatalmente separadas. […] es muy distinto mandar a pensar (Scherer García, 1986: 80, 81).

Haberse abstenido de aplaudir a Guzmán, le valió al entonces director de Excelsior ser señalado por el Jefe de prensa de la presidencia. Por su parte, en 1976 Octavio Paz junto a su nutrido grupo de colaboradores abandonarían Plural como protesta contra el golpe al diario. Cabe recordar que el poeta había sido invitado personalmente por Scherer a fundar la revista, ofrecimiento que aceptó poniendo tan solo una condición que había sido acordada y honrada hasta el final: tener absoluta libertad.
Hacia el final del periodo abarcado por el libro encontramos una narración más de otro desencuentro entre las república del poder y la de las letras a raíz de la vieja (y falaz) polémica acerca de cuál debe ser el vínculo entre los intelectuales y el poder. Gastón García Cantú, quien había sido articulista de Excelsior hasta la salida de Scherer, y que incluso aparece con él en la muy conocida fotografía tomada aquella tarde de julio de 1976, cuando el recién derrocado director se alejaba de las instalaciones del diario caminando sobre la acera de Paseo de la Reforma, renunció a seguir escribiendo en Proceso debido a la publicación en las páginas de la revista de un artículo que lo criticaba duramente por haber aceptado la dirección del Instituto Nacional de Antropología e Historia durante el gobierno de Miguel de la Madrid. Ofendido, el historiador incluso regresaría poco tiempo después a escribir en el Excelsior espurio dirigido por Regino Díaz Redondo.
Vemos entonces que el papel y la importancia de la crítica, su libertad e independencia, el necesario alejamiento del Príncipe, son también temas cruciales que recorren las páginas del libro. Texto de historia contemporánea nacional en el que podemos encontrar las maneras y los estilos mediante los cuales el sistema político mexicano posrevolucionario, esto es, los regímenes priistas de la segunda mitad del siglo XX, veían y asumían su relación con los medios de información y concebían la libertad de expresión. Sin duda, viviendo ya en la segunda década del siglo XXI, la lectura de Los presidentes refresca la memoria y nos hacer recordar lo que no hace mucho éramos, así como lo que debemos seguir evitando que vuelva a consolidarse. De nosotros depende no permitir el retroceso a esas viejas formas de ejercicio del poder aunque ahora, claro, nos aparezcan vestidas a la usanza de la modernidad.
En 1986  Julio Scherer escribió al inicio de sus conclusiones una frase lapidaria: “Desde Palacio no se vela por el país. Se cuida por la sobrevivencia del sistema”. ¿A casi treinta años de distancia nosotros podríamos desdecirlo?, ¿seríamos capaces de sostener lo contrario? Nuestra respuesta negativa es consecuencia, quizá, de asumir que mucho de lo que se supone real no es más que un trágico espejismo.

REFERENCIAS
López Portillo, J. (1987), Mis tiempos, tomo 1, México, Fernández Editores.
Scherer García, J. (1986), Los presidentes, México, Grijalbo.

[Publicado en Metapolítica, año 18, núm. 84, enero-marzo 2014, pp. 55-60].

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